www.zaharamusic.com

www.zaharamusic.com

viernes, 23 de febrero de 2007

13.15 PM


Micro relato
13,15 pm.




Veo el reloj: 13.15 p.m.
Veo el reloj antiguo de mi madre: ese que me acompañó en mi infancia, aquel que con su tictac exagerado marcaba mis sueños; El mismo que veo ahora 45 años después en el salón de estar de mi casa: 13. 1 5 pm del recuerdo, 13.15 pm del tictac de los sueños, de la distancia…
¿Quizás se paró el reloj en esa hora de mi niñez?
¡Mama: Agua! ¡Mama: no veo...! Mama:Tengo miedo!
13.15 pm ¿ es de noche?. Hoy, hace 45 años, veo el reloj ¡y me dan ganas de gritar lo mismo!
Pero me resigno,observandolo, parado, muerto en el pasado, luciendo su hora embalsamada en la vitrina del salón de estar de mi casa, en el salón de "ser" de mi vida.


Elmara
(Hoy, 2007)



domingo, 18 de febrero de 2007

FIELES ( invitado)

FIELES

La llamé y me di cuenta que la estaba llamando por última vez, siempre había sido grande y pesada, y a pesar de su larga enfermedad todavía conservaba su corpulencia; el animal movió pesadamente su cola, me miró tristemente para obedecerme una vez más, para obedecerme la última vez; se levantó pesadamente y casi arrastrándose, pero sin dejar de mover su cola como gesto de eterna fidelidad se acercó hacia mí; vamos “Jara” túmbate aquí; los segundos se hicieron largos, casi eternos. La decisión que había tomado me había llevado muchos días de angustia; la miraba continuamente esperanzado en su recuperación, se había probado con todo, pero su organismo ya agotado estaba cada vez peor. Cuando la aguja atravesó su piel, la acaricié para tranquilizarla. Miré detenidamente su cuerpo, me fijé en su pelo; ya no tenía el brillo de otras veces. Su respiración era entrecortada y cada vez más débil. Poco a poco fui subiendo mi mirada hacia su cara, me daba vergüenza mirarla de frente, pero irremediablemente mis ojos se posaron en los suyos. Me miraron con tristeza, pero todavía conservaban el brillo de siempre, y como tantas veces vi en sus pupilas lo que me quería decir.

Padre hoy me parece que el paseo lo voy a hacer yo sola, sin tu compañía. Yo no quiero salir sin ti, pero me lo has mandado y yo obedezco como casi siempre, pero estoy muy débil y casi no puedo ponerme en pie; recuerdas lo que hemos andado juntos, las sensaciones que hemos sentido; los olores de la tierra, el calor, el frío, el viento, la lluvia en primavera; dentro de unos días estaremos ya en esa estación en que todo huele con más fuerza, todo en esos días es más nuevo, salen muchos conejos de las madrigueras y yo intento cogerlos como todos los años sin conseguirlo; y tu ahora me dices que debo salir sin ti, sola; que el paseo que voy a dar sin tu compañía me va a hacer que me ponga bien; recuperaré las fuerzas perdidas. Dices que el campo que voy a recorrer sólo tiene un Dueño, y Él me va a dejar hacer todo lo que me gusta; me meteré en sus arroyos, me revolcaré en todos los charcos de barro que quiera, perseguiré todos los conejos que me de la gana hasta que me canse; y por supuesto me echaré todos los novios que me pida el cuerpo y volveré a criar y a sentir lengüecilla cálida y áspera de mis cachorros en mi cuerpo; Tu dices que sólo el Dueño de ese coto sabe dar a cada criatura lo que necesita; pero sabes una cosa, yo sólo he conocido un dueño, para mi el único, tu; pero me lo mandas y yo obedezco una vez más.

Eso me transmitió con sus ojos aún brillantes, siempre puros mi compañera fiel de muchos años, de muchos paseos compartidos, de toda una vida, su vida; los segundos se hicieron eternos, duros, trágicos, hasta que el brillo de sus ojos se fue apagando y sus pupilas se dilataron para quedarse en ese punto fijo inexpresivo, en el cual quizá se vislumbre la esencia del Supremo, la presencia del nuevo Dueño, del verdadero Padre.

Un día lluvioso del mes de marzo me despedí de “Jara”, quizá para siempre, ya se sentía la primavera pero ella no pudo verla; quizá.

Desde estas letras, más guiadas por el sentimiento que por el buen hacer, pido perdón a mi fiel compañera por haberla fallado aquel verano que la dejé sola con la disculpa ridícula de que ya era muy vieja y sería para ella muy penoso el viaje; por haberle prohibido tantas cosas de su condición natural que el hombre siempre en su posición egoísta trata de transformar para su comodidad. Los perros son para los hombres como mucho, fieles compañeros y como poco, simples mascotas de compañía, sujetos siempre a nuestro capricho; pero nosotros para ellos, siempre, siempre seremos sus verdaderos padres.

Ahora salgo a pasear con otro perro, una muestra de perro como yo digo, por lo pequeño que es, pero también un buen compañero siempre presto a alegrarme, siempre contento, siempre fiel; se llama “Roque”. Algunas veces en nuestros paseos, se adelanta como hacen todos los perros, y yo con mi condición de dueño autoritario le llamo equivocadamente: ¡”Jara” espera!, ¡“Jara” quieta ahí! ; Y él se para, me mira con sus ojillos puros, y me dice con su expresión alegre: ¡Vamos padre hay que seguir!



Luis Marañón Sánchez
6/04/00

sábado, 10 de febrero de 2007

YO, YA NO SOY ( invitado)





“YO, YA NO SOY

¡Sí!, yo ya no soy, pero los que son, se empeñan en que siga estando, en que siga siendo: el recuerdo, la tradición, los símbolos, la ostentación, la soberbia, y en definitiva el dinero. Y todo esto me lo ponen encima, como recordándome que tengo que seguir contribuyendo y colaborando. Marmolistas, poetas, jardineros, escritores, esquelas, partidas de defunción, misas y burocracia son mis nuevos trabajos son mis obligaciones de “no ser”, Pero ¡por favor!, si yo ya no estoy, “ya no soy nada”, sólo me queda de no ser, mis pobres restos, que de haber caído en otro sitio quizá hubieran cumplido una mejor función; pero en fin no me importa, si a los que están les consuela a mí no me importa, no puede importarme; ¿no veis que yo, ya no pienso?; estas palabras las escribe otro que todavía está, algún pobre imbécil que todavía siente, ama y sufre; pero yo no estoy, y desde mi esencia de “no ser” veo descomponerse mi carcasa que me envolvió cuando era. Y disfruto, si pudiera disfrutar; pensando, si pudiera pensar, que esa pobre carne ajada pronto será polvo, será nada; y ¡sí! me río, si pudiera reírme, y disfruto si pudiera disfrutar, porque yo ya no estoy; porque esa cubierta fue el vehículo que me llevó a lo largo de mi existencia, unas veces con fuerza, con orgullo, creyendo que lo dominaba, sin pensar que no era eterno, y cuando menos lo pensaba me empezó a fallar, y todos los paisajes cálidos por los que me llevó, y tanto me hicieron sentir, se volvieron monótonos y fríos; y por eso ahora que se deshace estoy bien, si pudiera estar; porque sólo desde el “no ser” me encuentro con la nada, y la nada quizá sea la esencia del principio, y albergo la esperanza, si pudiera albergar, de una nueva existencia, algo diferente, distinto a lo que conocí; algo que me vuelva a hacer sentir de nuevo.

Por eso, vosotros que estáis arriba, pisando los mármoles que me cubren y la tierra que me aplasta, no lloréis; “yo ya no soy”, estoy en la cálida y oscura nada; esperando.

1 de Noviembre………. De cualquier año

Autor:
Luis Marañón

sábado, 3 de febrero de 2007

LA MANO DE LA VIDA (elmara)

LA MANO DE LA VIDA


Giró la cabeza para ver sus propias huellas en la nieve. La calle seguía inundada por la penumbra del anochecer y el callejón olía a orines de gatos más que cualquier otro día.
Un impulso mecánico le acercó la botella a los labios uniendo el placer viscoso del alcohol con el sabor a muerte prematura de su miserable existencia.

No siempre fue así, hubo otros tiempos en los que era una persona respetada, querida y valorada en su ambiente por méritos profesionales. Nunca estudió, sus conocimientos fueron heredados por vía materna, que generación tras generación había aprendido de otras parteras de su época; Sus métodos eran ancestrales como la vida misma y el fruto de su trabajo era siempre un guiño con lo divino, quien al final decidía sobre la vida o la muerte. Si ocurría un fatal desenlace, nadie le culpaba a ella, sólo al destino, responsable de jugar la última partida.

Antes, sus manos eran fuertes y hábiles, sabían cómo manejarse por el túnel misterioso de la vida y extraer su jugo al máximo, firme pero con delicadeza, y cuando por fin llegaba el grito desgarrado, un nuevo olor inundaba la estancia llenando a la vez su alma de renovada satisfacción.

Ahora, contemplaba sus dedos inválidos como apéndices inservibles, su muñeca flácida apuntando al suelo, su mano, la diestra: muerta.

Muerta en vida, como ella, sin saber por qué tuvo que entrar en aquel fatídico barracón, ni porqué fue ella la elegida por la metralla mientras atendía a la parturienta enemiga. Las esquirlas se le clavaron el momento en que el bebé empezó a coronar. La sangre de la madre y la suya se mezclaron trágicamente en un instante, solo con la mano izquierda tuvo que realizar la última maniobra y pudo escuchar el llanto del bebé segundos antes de perder el conocimiento. Después, fue todo comentarios de admiración y felicitación mezclados con miradas de compasión.- Has estado magnífica, María- reconoció el capitán médico- es la primera vez que veo a una comadrona ejercer su oficio con una sola mano ¡y con la izquierda! Enhorabuena, lástima que no debas hacerlo más...

A pesar del consejo, se empeñó en reforzar su oficio con la mano sana, y pudo mantener el empleo como asistente de clínica en la maternidad militar, e incluso se arriesgó sola en varios partos a domicilio con gran éxito, pero poco a poco sus salidas fueron distanciándose en el tiempo, y cuando cerró la clínica, una negra puerta se cerró también definitivamente en su vida.

El paro y la gris posguerra la hundieron en la desesperación y la miseria se agarró a su vieja mano como eterna compañera de viaje.
* * *
Hacía cuatro penosos años que su vida había dejado de ser como era, recordó el último parto que practicó a una buena mujer en el centro de Madrid y cómo a partir de entonces la tenaza del arroyo la envolvió. El desahucio primero y después el traslado al barrio marginal del extrarradio de la ciudad, donde se sumió en la bebida y la depresión y en donde sus buenos recuerdos fueron muriendo por dentro, como ramas secas de un fruto que ella nunca llegó a poseer.

Desde hace algunas noches, el insomnio la arrojaba a dar largos paseos nocturnos en compañía de la botella, con el convencimiento de saber que lo había perdido todo, y que su futuro no existía, ni sería más duradero que el hielo que envolvía como un patético celofán las miserables calles de aquel barrio.

Negra era la madrugada como tan blanca la nieve que pisaba aquella noche de febrero, y negro y maloliente era aquel callejón que le serviría de vagina universal para conectarse con lo eterno. Allí se dejó caer, y allí esperó, entre el abrigo de la helada placenta, que las manos divinas de la muerte ejercieran con maestría su oficio de lúgubre matrona.
* * *
Al principio creyó que eran alucinaciones semiinconscientes, fruto de la congelación y de la bebida, pero cada vez que escuchaba aquella voz gritar su nombre, su llamada se le hacía más terrenal y menos esquiva a su entendimiento.

Se levantó con la rapidez inusitada que le dio el instinto de su viejo oficio. Reconocía la urgencia en la garganta y en la entonación de cada palabra que gritaba su nombre ¡María!... ¡María! Le llamaban sin duda, se le aceleró el pulso ¡María! Le gritó jadeante su vecina cuando llegó a su altura….Te buscan.

Reconoció a pocos metros de la mensajera al apuesto hombre que hace cuatro años acompañó al centro de la ciudad y comprendió el por qué de su llegada… ¡María! ¿Te encuentras bien?... aquél hombre...te necesitan…su mujer esta apunto…. ¿María? ¿Me oyes?...

En un instante todo volvió a tener sentido, una luz que sólo ella podía ver y que reconoció desde lo más profundo de su corazón iluminó con rotundidad el frío callejón. Por fin y mientras apresuraba su paso al encuentro de aquel hombre, su voz de manera imperiosa decidió pronunciar su primera palabra juiciosa en muchos años: ¡CAFÉ!
* * *
Era el tercer nacimiento de la familia y la cosa venía francamente mal; las últimas horas no había dejado de nevar, y a medio Madrid, incluido el médico, les había sorprendido aquella nevada, retrasándoles de sus quehaceres diarios.

La mujer sufría lo indecible y María decidió arriesgarse sola, con la única ayuda de una solícita vecina. El bebé traía el cordón umbilical enredado en la garganta y era difícil mantener más tiempo aquella situación sin el riesgo de un desenlace fatal. Cerró por un momento sus ojos, respiró profundamente, y su mano, la única que le llevaría a una nueva vida, maniobró magistralmente al bebé, girándolo con lentitud. Después, con una habilidad que creía perdida, liberó su cuello a la vez que lo alumbraba sacándolo de la madre y poniéndolo en su regazo.

Le miró segundos antes que rompiera a llorar, y al momento se encontró con que también sus lágrimas inundaban su cara. Comprendió enseguida que ese llanto también era el suyo y que quizás los dos se habían librado milagrosamente de morir ahogados, que todo era bello en ese momento, renovado, limpio, como la sangre de los partos, como los besos de las madres, como el perdón.

Entonces, cogió al niño y apartándolo un momento de su madre lo arrimó a su cara y le susurro en su pequeño oído…¡Gracias!....gracias por haber nacido. -Yo, le lloré: Igualmente.

ELMARA
Escrito en Granada :
Marzo del 2000