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domingo, 18 de febrero de 2007

FIELES ( invitado)

FIELES

La llamé y me di cuenta que la estaba llamando por última vez, siempre había sido grande y pesada, y a pesar de su larga enfermedad todavía conservaba su corpulencia; el animal movió pesadamente su cola, me miró tristemente para obedecerme una vez más, para obedecerme la última vez; se levantó pesadamente y casi arrastrándose, pero sin dejar de mover su cola como gesto de eterna fidelidad se acercó hacia mí; vamos “Jara” túmbate aquí; los segundos se hicieron largos, casi eternos. La decisión que había tomado me había llevado muchos días de angustia; la miraba continuamente esperanzado en su recuperación, se había probado con todo, pero su organismo ya agotado estaba cada vez peor. Cuando la aguja atravesó su piel, la acaricié para tranquilizarla. Miré detenidamente su cuerpo, me fijé en su pelo; ya no tenía el brillo de otras veces. Su respiración era entrecortada y cada vez más débil. Poco a poco fui subiendo mi mirada hacia su cara, me daba vergüenza mirarla de frente, pero irremediablemente mis ojos se posaron en los suyos. Me miraron con tristeza, pero todavía conservaban el brillo de siempre, y como tantas veces vi en sus pupilas lo que me quería decir.

Padre hoy me parece que el paseo lo voy a hacer yo sola, sin tu compañía. Yo no quiero salir sin ti, pero me lo has mandado y yo obedezco como casi siempre, pero estoy muy débil y casi no puedo ponerme en pie; recuerdas lo que hemos andado juntos, las sensaciones que hemos sentido; los olores de la tierra, el calor, el frío, el viento, la lluvia en primavera; dentro de unos días estaremos ya en esa estación en que todo huele con más fuerza, todo en esos días es más nuevo, salen muchos conejos de las madrigueras y yo intento cogerlos como todos los años sin conseguirlo; y tu ahora me dices que debo salir sin ti, sola; que el paseo que voy a dar sin tu compañía me va a hacer que me ponga bien; recuperaré las fuerzas perdidas. Dices que el campo que voy a recorrer sólo tiene un Dueño, y Él me va a dejar hacer todo lo que me gusta; me meteré en sus arroyos, me revolcaré en todos los charcos de barro que quiera, perseguiré todos los conejos que me de la gana hasta que me canse; y por supuesto me echaré todos los novios que me pida el cuerpo y volveré a criar y a sentir lengüecilla cálida y áspera de mis cachorros en mi cuerpo; Tu dices que sólo el Dueño de ese coto sabe dar a cada criatura lo que necesita; pero sabes una cosa, yo sólo he conocido un dueño, para mi el único, tu; pero me lo mandas y yo obedezco una vez más.

Eso me transmitió con sus ojos aún brillantes, siempre puros mi compañera fiel de muchos años, de muchos paseos compartidos, de toda una vida, su vida; los segundos se hicieron eternos, duros, trágicos, hasta que el brillo de sus ojos se fue apagando y sus pupilas se dilataron para quedarse en ese punto fijo inexpresivo, en el cual quizá se vislumbre la esencia del Supremo, la presencia del nuevo Dueño, del verdadero Padre.

Un día lluvioso del mes de marzo me despedí de “Jara”, quizá para siempre, ya se sentía la primavera pero ella no pudo verla; quizá.

Desde estas letras, más guiadas por el sentimiento que por el buen hacer, pido perdón a mi fiel compañera por haberla fallado aquel verano que la dejé sola con la disculpa ridícula de que ya era muy vieja y sería para ella muy penoso el viaje; por haberle prohibido tantas cosas de su condición natural que el hombre siempre en su posición egoísta trata de transformar para su comodidad. Los perros son para los hombres como mucho, fieles compañeros y como poco, simples mascotas de compañía, sujetos siempre a nuestro capricho; pero nosotros para ellos, siempre, siempre seremos sus verdaderos padres.

Ahora salgo a pasear con otro perro, una muestra de perro como yo digo, por lo pequeño que es, pero también un buen compañero siempre presto a alegrarme, siempre contento, siempre fiel; se llama “Roque”. Algunas veces en nuestros paseos, se adelanta como hacen todos los perros, y yo con mi condición de dueño autoritario le llamo equivocadamente: ¡”Jara” espera!, ¡“Jara” quieta ahí! ; Y él se para, me mira con sus ojillos puros, y me dice con su expresión alegre: ¡Vamos padre hay que seguir!



Luis Marañón Sánchez
6/04/00

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bueno, refleja sin sentimentalismos baratos, el amor hacia los animales y su reciproca respuesta desinteresada, enhorabuena. A seguir escribiendo asi.