sábado 3 de febrero de 2007
LA MANO DE LA VIDA (elmara)
Giró la cabeza para ver sus propias huellas en la nieve. La calle seguía inundada por la penumbra del anochecer y el callejón olía a orines de gatos más que cualquier otro día.
Un impulso mecánico le acercó la botella a los labios uniendo el placer viscoso del alcohol con el sabor a muerte prematura de su miserable existencia.
No siempre fue así, hubo otros tiempos en los que era una persona respetada, querida y valorada en su ambiente por méritos profesionales. Nunca estudió, sus conocimientos fueron heredados por vía materna, que generación tras generación había aprendido de otras parteras de su época; Sus métodos eran ancestrales como la vida misma y el fruto de su trabajo era siempre un guiño con lo divino, quien al final decidía sobre la vida o la muerte. Si ocurría un fatal desenlace, nadie le culpaba a ella, sólo al destino, responsable de jugar la última partida.
Antes, sus manos eran fuertes y hábiles, sabían cómo manejarse por el túnel misterioso de la vida y extraer su jugo al máximo, firme pero con delicadeza, y cuando por fin llegaba el grito desgarrado, un nuevo olor inundaba la estancia llenando a la vez su alma de renovada satisfacción.
Ahora, contemplaba sus dedos inválidos como apéndices inservibles, su muñeca flácida apuntando al suelo, su mano, la diestra: muerta.
Muerta en vida, como ella, sin saber por qué tuvo que entrar en aquel fatídico barracón, ni porqué fue ella la elegida por la metralla mientras atendía a la parturienta enemiga. Las esquirlas se le clavaron el momento en que el bebé empezó a coronar. La sangre de la madre y la suya se mezclaron trágicamente en un instante, solo con la mano izquierda tuvo que realizar la última maniobra y pudo escuchar el llanto del bebé segundos antes de perder el conocimiento. Después, fue todo comentarios de admiración y felicitación mezclados con miradas de compasión.- Has estado magnífica, María- reconoció el capitán médico- es la primera vez que veo a una comadrona ejercer su oficio con una sola mano ¡y con la izquierda! Enhorabuena, lástima que no debas hacerlo más...
A pesar del consejo, se empeñó en reforzar su oficio con la mano sana, y pudo mantener el empleo como asistente de clínica en la maternidad militar, e incluso se arriesgó sola en varios partos a domicilio con gran éxito, pero poco a poco sus salidas fueron distanciándose en el tiempo, y cuando cerró la clínica, una negra puerta se cerró también definitivamente en su vida.
El paro y la gris posguerra la hundieron en la desesperación y la miseria se agarró a su vieja mano como eterna compañera de viaje.
* * *
Hacía cuatro penosos años que su vida había dejado de ser como era, recordó el último parto que practicó a una buena mujer en el centro de Madrid y cómo a partir de entonces la tenaza del arroyo la envolvió. El desahucio primero y después el traslado al barrio marginal del extrarradio de la ciudad, donde se sumió en la bebida y la depresión y en donde sus buenos recuerdos fueron muriendo por dentro, como ramas secas de un fruto que ella nunca llegó a poseer.
Desde hace algunas noches, el insomnio la arrojaba a dar largos paseos nocturnos en compañía de la botella, con el convencimiento de saber que lo había perdido todo, y que su futuro no existía, ni sería más duradero que el hielo que envolvía como un patético celofán las miserables calles de aquel barrio.
Negra era la madrugada como tan blanca la nieve que pisaba aquella noche de febrero, y negro y maloliente era aquel callejón que le serviría de vagina universal para conectarse con lo eterno. Allí se dejó caer, y allí esperó, entre el abrigo de la helada placenta, que las manos divinas de la muerte ejercieran con maestría su oficio de lúgubre matrona.
* * *
Al principio creyó que eran alucinaciones semiinconscientes, fruto de la congelación y de la bebida, pero cada vez que escuchaba aquella voz gritar su nombre, su llamada se le hacía más terrenal y menos esquiva a su entendimiento.
Se levantó con la rapidez inusitada que le dio el instinto de su viejo oficio. Reconocía la urgencia en la garganta y en la entonación de cada palabra que gritaba su nombre ¡María!... ¡María! Le llamaban sin duda, se le aceleró el pulso ¡María! Le gritó jadeante su vecina cuando llegó a su altura….Te buscan.
Reconoció a pocos metros de la mensajera al apuesto hombre que hace cuatro años acompañó al centro de la ciudad y comprendió el por qué de su llegada… ¡María! ¿Te encuentras bien?... aquél hombre...te necesitan…su mujer esta apunto…. ¿María? ¿Me oyes?...
En un instante todo volvió a tener sentido, una luz que sólo ella podía ver y que reconoció desde lo más profundo de su corazón iluminó con rotundidad el frío callejón. Por fin y mientras apresuraba su paso al encuentro de aquel hombre, su voz de manera imperiosa decidió pronunciar su primera palabra juiciosa en muchos años: ¡CAFÉ!
* * *
Era el tercer nacimiento de la familia y la cosa venía francamente mal; las últimas horas no había dejado de nevar, y a medio Madrid, incluido el médico, les había sorprendido aquella nevada, retrasándoles de sus quehaceres diarios.
La mujer sufría lo indecible y María decidió arriesgarse sola, con la única ayuda de una solícita vecina. El bebé traía el cordón umbilical enredado en la garganta y era difícil mantener más tiempo aquella situación sin el riesgo de un desenlace fatal. Cerró por un momento sus ojos, respiró profundamente, y su mano, la única que le llevaría a una nueva vida, maniobró magistralmente al bebé, girándolo con lentitud. Después, con una habilidad que creía perdida, liberó su cuello a la vez que lo alumbraba sacándolo de la madre y poniéndolo en su regazo.
Le miró segundos antes que rompiera a llorar, y al momento se encontró con que también sus lágrimas inundaban su cara. Comprendió enseguida que ese llanto también era el suyo y que quizás los dos se habían librado milagrosamente de morir ahogados, que todo era bello en ese momento, renovado, limpio, como la sangre de los partos, como los besos de las madres, como el perdón.
Entonces, cogió al niño y apartándolo un momento de su madre lo arrimó a su cara y le susurro en su pequeño oído…¡Gracias!....gracias por haber nacido. -Yo, le lloré: Igualmente.
ELMARA
Escrito en Granada :
Marzo del 2000
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