

A mis hijos y sobrinos en recuerdo de su abuelo que tanto disfrutó y mamó de su viejo Madrid.
EL JAPONES Y DON NICANOR
Le ví una fría y luminosa mañana de Diciembre al resguardo de unos de los viejos soportales de la Plaza Mayor de Madrid.
De pie y desafiante, estaba el curtido vendedor haciendo sonar “España Cañí”, con su Nicanor, que para los que no lo sepan, les diré, que es un pequeño tamborilero de cartón al que le cuelga un cordel con el que acciona sus brazos para golpear el tamborcito y un simple pito de feria en la espalda. Soplando este pito y accionando el cordel, de la boca de su dueño salían viejos pasodobles y melodías de la España pobre de la posguerra. Tirorírorí, tirorírorí, pom, pom; dicho soniquete retumbaba por los soportales y las esquinas, dominando el bullicio callejero y llamando la atención de niños y mayores que, curiosos, se acercaban a escuchar y ¡como no! A comprar el portentoso juguete por un módico precio.
* * *
Como yo y muchos que contemplaban atónitos el espectáculo, se encontraba un japonés, con cámara de fotos por bandolera y sonrisa estreñida, comprando con ilusión su Nicanor; Pero cual sería su sorpresa, cuando al soplar el pito comprobó que no sacaba más que un sonido monocorde que ni siquiera era un Do ni un Fa, ni nada parecido, sino más bien el aullido estridente de un vulgar matasuegras. Insistió varias veces con el tesón que caracteriza a su pueblo, soplando y tirando del cordel hasta que se puso, si cabe, más amarillo del esfuerzo. Su gesto risueño se fué transformando visiblemente en una mezcla de frustración y profundo cabreo. ¡Él, Yutaka Yokomoto!, que partiendo de la nada había creado, remontado y fusionado la más moderna fábrica de circuitos electrónicos de su país, se sentía humillado y porque no decirlo, estafado, por aquel artilugio y su promotor. Indignado le reclamó a éste mil veces que no funcionaba, pero como única respuesta el viejo y sabio vendedor le obsequiaba con una nueva demostración musical, esta vez de pasodoble torero, a la que el nipón observaba atentamente intentando hallar el truco. Por fín, resignado ante su absoluta inutilidad y tragándose su orgullo oriental de Samuray de la electrónica, se rindió ante la evidencia y preguntó:
Pol favol, ¿Cómo funcional Nicanor?
Mire "usté" Mister- le respondió el castizo, eso es un secreto de familia, aunque Dios me guarde de querer yo dar mala imagen de mi país, ¡¡¡y más como están los tiempos!!!, además, como creo yo que "usté" no se va a enterar de "ná", haré una excepción y se lo explicaré:
Pues verá, antes de "tó", es fundamental haber "nacío" en Madrid, pero "cuidao", no en el Madrid del extrarradio y la modernez, sino el que empieza de aquí "pa" bajo, entre Sol y la Ribera de Curtidores, vamos, en el Foro, y por supuesto es necesario haber "paseao" más de una vez este cuerpo serrano por la Glorieta de Embajadores y "cambiao" cromos en el Rastro, tomarse un tinto en Lavapiés y mejillones en Tirso de Molina, andar por la Latina y su "mercao" haber visto cientos de "pelis" en el Odeón o en el Progreso, plantarse en La Plaza Benavente "pa" venerar el Calderon como si fuera una Catedral de esas, a las que nunca se entra, comer los miércoles cocido, callos los domingo y lombarda en Nochebuena, acudir los lunes a San Nicolás, que aunque mi barrio sea la Gloria, no está de más una ayuda de arriba; y "naturaca de la petaca", haber "sentío" estas calles como tu propia piel, haberlas "pintao" con tiza en tu infancia, "pa" jugar a las tres en raya o a la comba, hacer correr por ellas el aro, poseer un tesoro de canicas en los bolsillos, quedar con la novia en Sol "pa" comerse sus ojos con los pasteles de la Mallorquina y comprarse la suerte en Doña Manolita y figuritas de Belén, zambombas, panderos y árbol de Navidad "regateao" en esta misma plaza, donde un servidor, Niceto Quintanilla Llopis y otras hierbas, "pa" servir a Dios y a "usté" se revienta los pulmones "pa" poder comer, y que gracias a que reúno todas estas cualidades que le he referido, con sólo soplar, Don Nicanor transforma el aire de mi boca en alegres y chulescas melodías. ¡Qué "quié" que le diga! esto funciona asi….
Y dicho esto prosiguió Don Niceto su labor, esta vez al compás de “Francisco Alegre y Olé”, alegrando el ambiente navideño de la Plaza.
Yutaka Yokomoto no era un oriental simple, había mamado desde pequeño las tradiciones de su pueblo, las había querido y disfrutado y también las había olvidado engullido por la Revolución Industrial de su país; pero aquel viejo vendedor le había pellizcado el alma, haciéndoselas sentir de nuevo. No, no era un hombre vulgar este Yokomoto, por eso se fue lanzado con su Nicanor por las viejas calles de Madrid, olvidando familia, cámara y hasta de pagar. Se fue corriendo a buscar novia por Lavapiés, con la que tendría un hijo al que daría de mamar bambas de nata y destetaría con churros y le regalaría canicas y tabas por su cumpleaños, y le enseñaría a distinguir el perfume de las tascas y de su vino, vivirían en un humilde piso de la calle Salitre, comerían todos los días “bocata calamares, oiga”, y cuando hubiera aspirado, por todos los poros de su piel el gran secreto que le reveló Quintanilla, entonces, sólo entonces, junto al sable de Samuray de su tatarabuelo, le entregaría solemne a Don Nicanor y su tambor; el cual al ponérselo entre sus labios y con sólo soplar, fluiría la más hermosa de las melodías.
EL JAPONES Y DON NICANOR
Le ví una fría y luminosa mañana de Diciembre al resguardo de unos de los viejos soportales de la Plaza Mayor de Madrid.
De pie y desafiante, estaba el curtido vendedor haciendo sonar “España Cañí”, con su Nicanor, que para los que no lo sepan, les diré, que es un pequeño tamborilero de cartón al que le cuelga un cordel con el que acciona sus brazos para golpear el tamborcito y un simple pito de feria en la espalda. Soplando este pito y accionando el cordel, de la boca de su dueño salían viejos pasodobles y melodías de la España pobre de la posguerra. Tirorírorí, tirorírorí, pom, pom; dicho soniquete retumbaba por los soportales y las esquinas, dominando el bullicio callejero y llamando la atención de niños y mayores que, curiosos, se acercaban a escuchar y ¡como no! A comprar el portentoso juguete por un módico precio.
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Como yo y muchos que contemplaban atónitos el espectáculo, se encontraba un japonés, con cámara de fotos por bandolera y sonrisa estreñida, comprando con ilusión su Nicanor; Pero cual sería su sorpresa, cuando al soplar el pito comprobó que no sacaba más que un sonido monocorde que ni siquiera era un Do ni un Fa, ni nada parecido, sino más bien el aullido estridente de un vulgar matasuegras. Insistió varias veces con el tesón que caracteriza a su pueblo, soplando y tirando del cordel hasta que se puso, si cabe, más amarillo del esfuerzo. Su gesto risueño se fué transformando visiblemente en una mezcla de frustración y profundo cabreo. ¡Él, Yutaka Yokomoto!, que partiendo de la nada había creado, remontado y fusionado la más moderna fábrica de circuitos electrónicos de su país, se sentía humillado y porque no decirlo, estafado, por aquel artilugio y su promotor. Indignado le reclamó a éste mil veces que no funcionaba, pero como única respuesta el viejo y sabio vendedor le obsequiaba con una nueva demostración musical, esta vez de pasodoble torero, a la que el nipón observaba atentamente intentando hallar el truco. Por fín, resignado ante su absoluta inutilidad y tragándose su orgullo oriental de Samuray de la electrónica, se rindió ante la evidencia y preguntó:
Pol favol, ¿Cómo funcional Nicanor?
Mire "usté" Mister- le respondió el castizo, eso es un secreto de familia, aunque Dios me guarde de querer yo dar mala imagen de mi país, ¡¡¡y más como están los tiempos!!!, además, como creo yo que "usté" no se va a enterar de "ná", haré una excepción y se lo explicaré:
Pues verá, antes de "tó", es fundamental haber "nacío" en Madrid, pero "cuidao", no en el Madrid del extrarradio y la modernez, sino el que empieza de aquí "pa" bajo, entre Sol y la Ribera de Curtidores, vamos, en el Foro, y por supuesto es necesario haber "paseao" más de una vez este cuerpo serrano por la Glorieta de Embajadores y "cambiao" cromos en el Rastro, tomarse un tinto en Lavapiés y mejillones en Tirso de Molina, andar por la Latina y su "mercao" haber visto cientos de "pelis" en el Odeón o en el Progreso, plantarse en La Plaza Benavente "pa" venerar el Calderon como si fuera una Catedral de esas, a las que nunca se entra, comer los miércoles cocido, callos los domingo y lombarda en Nochebuena, acudir los lunes a San Nicolás, que aunque mi barrio sea la Gloria, no está de más una ayuda de arriba; y "naturaca de la petaca", haber "sentío" estas calles como tu propia piel, haberlas "pintao" con tiza en tu infancia, "pa" jugar a las tres en raya o a la comba, hacer correr por ellas el aro, poseer un tesoro de canicas en los bolsillos, quedar con la novia en Sol "pa" comerse sus ojos con los pasteles de la Mallorquina y comprarse la suerte en Doña Manolita y figuritas de Belén, zambombas, panderos y árbol de Navidad "regateao" en esta misma plaza, donde un servidor, Niceto Quintanilla Llopis y otras hierbas, "pa" servir a Dios y a "usté" se revienta los pulmones "pa" poder comer, y que gracias a que reúno todas estas cualidades que le he referido, con sólo soplar, Don Nicanor transforma el aire de mi boca en alegres y chulescas melodías. ¡Qué "quié" que le diga! esto funciona asi….
Y dicho esto prosiguió Don Niceto su labor, esta vez al compás de “Francisco Alegre y Olé”, alegrando el ambiente navideño de la Plaza.
Yutaka Yokomoto no era un oriental simple, había mamado desde pequeño las tradiciones de su pueblo, las había querido y disfrutado y también las había olvidado engullido por la Revolución Industrial de su país; pero aquel viejo vendedor le había pellizcado el alma, haciéndoselas sentir de nuevo. No, no era un hombre vulgar este Yokomoto, por eso se fue lanzado con su Nicanor por las viejas calles de Madrid, olvidando familia, cámara y hasta de pagar. Se fue corriendo a buscar novia por Lavapiés, con la que tendría un hijo al que daría de mamar bambas de nata y destetaría con churros y le regalaría canicas y tabas por su cumpleaños, y le enseñaría a distinguir el perfume de las tascas y de su vino, vivirían en un humilde piso de la calle Salitre, comerían todos los días “bocata calamares, oiga”, y cuando hubiera aspirado, por todos los poros de su piel el gran secreto que le reveló Quintanilla, entonces, sólo entonces, junto al sable de Samuray de su tatarabuelo, le entregaría solemne a Don Nicanor y su tambor; el cual al ponérselo entre sus labios y con sólo soplar, fluiría la más hermosa de las melodías.
Sí, será su hijo, Niceto Yokomoto le llamará, en honor al Gran Maestro. Algún día, él, sus hijos y los hijos de sus hijos, serán expertos en el uso de Don Nicanor y volverán a su país con una nueva filosofía colgada de su boca, donde los copiarán y multicopiarán exactamente igual, y será tal el éxito, que todo el mundo ansioso por conocer el gran secreto, cambiarán sus multinacionales de tecnología punta por comprar la patente; y se hundirá el mercado de los ordenadores, las impresoras, los chips, los videojuegos, y una nueva fuerza hará girar el planeta. como si de un gran chotis se tratara, bailado sobre un inmenso ladrillo espacial..
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Por eso, en las frías mañanas Madrileñas de Diciembre no se asombre el ciudadano de a pie, si observa miles de ojos rasgados e inquietos que alzan sus orejas al viento, merodeando por debajo de la estatua de Esparteros, comprando sombreros sin ton ni son en “Yustas”, o tomando con vehemencia vermuts por los bares de “Postas” mientras, como disimulando, lo fotografían todo, buscando con pasión la leyenda de un rico industrial de su país, que cambió su fortuna y bienestar para huir al pie de Fujiyama, en donde dicen, se disolvió sobre la nieve con un pequeño juguete de cartón entre sus manos, y en donde también, aseguran los excursionistas que acampan en la zona, algunas noches de radiantes estrellas se escucha un mágico soniquete que alivia sus almas del dolor. Tirorirorí, tiroriroró, pom, pom, pom….
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Por eso, en las frías mañanas Madrileñas de Diciembre no se asombre el ciudadano de a pie, si observa miles de ojos rasgados e inquietos que alzan sus orejas al viento, merodeando por debajo de la estatua de Esparteros, comprando sombreros sin ton ni son en “Yustas”, o tomando con vehemencia vermuts por los bares de “Postas” mientras, como disimulando, lo fotografían todo, buscando con pasión la leyenda de un rico industrial de su país, que cambió su fortuna y bienestar para huir al pie de Fujiyama, en donde dicen, se disolvió sobre la nieve con un pequeño juguete de cartón entre sus manos, y en donde también, aseguran los excursionistas que acampan en la zona, algunas noches de radiantes estrellas se escucha un mágico soniquete que alivia sus almas del dolor. Tirorirorí, tiroriroró, pom, pom, pom….
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