
LA QUIETUD DE LAS RANAS
(Fco. Cañabate, es autor entre otros, del libro de relatos: El Grito y la novela, La sonrisa secreta de la luna)
(I)
Hay algunas teorías que tratan de explicarnos el porqué de la vida. Diferentes recetas. Soluciones distintas para un problema único. Durante largos años, igual que muchos otros que vinieron conmigo, yo recorrí el camino tratando de buscar las respuestas ocultas a ese único problema y profundicé en ellas. Y persiguiendo sombras que nunca he alcanzado pude ver muchas cosas que no podría contaros. No todo fue pasión, ni belleza, ni risa. Sé que en algún momento ocurrió la maldad. Entonces no era claro, a veces no lo supe, ahora, desde el recuerdo, no me siento orgulloso de alguno de mis actos. Lo reconozco, es cierto. Hay actos que me pesan pero no he de quejarme. Si esa es una virtud, cuando fue necesario también fui generoso. Viajé, viví la vida, sentí en cada segundo lo que debía sentirse y aún tengo las alforjas llenas de sensaciones. Pero ha pasado el tiempo. Sin que me diera cuenta se consumió mi ciclo y hoy me encuentro cansado. Tras de tanto trabajo y tanto despilfarro, esa simple premisa es la única certeza que queda de mi búsqueda:
Todo requiere esfuerzo. Nada es fácil ni simple. Incluso respirar es un esfuerzo intenso, complejo, definido, circular y profundo que asume nuestro cuerpo de manera automática, sin que nos demos cuenta.
Y latir.
Y sentir.
Todo, cualquier detalle - la sonrisa serena, la mirada o el gesto, la charla demorada, la emoción contenida que produce un encuentro que habíamos esperado durante mucho tiempo, la desgana o la rabia, el cansancio profundo que me domina ahora, el pudor, la amistad, la ira desdibujada, mucho más el amor- cualquier acto concreto o cualquier sentimiento nos impone un esfuerzo casi desesperado hasta hacerse presente, y brotar, y acabarse, que agota nuestras fuerzas.
Y yo deseo la calma.
La absoluta quietud. La inmovilidad pétrea de la mole granítica, la transparencia leve de la nube que pasa en ese punto exacto en el que se detiene porque el viento ha cesado, la luna reflejada en aquel charco nuevo que ha formado la lluvia en medio del camino, la soledad del mar cuando olvida las olas y aparece sereno, extenso, inabarcable.
Deseo ser la simpleza. La vuelta, la parada.
Hastiado de esa vida agitada y absurda que llevé tanto tiempo y me comprime ahora deseo morir un poco para volver a ser.
Por eso, por las noches, agotado, sediento de todas esas cosas que comprendo que faltan, cierro los ojos, duermo.
Y a veces también sueño.
Repetida en mis sueños imagino una esfera gigantesca y brillante que flota suspendida frente a mí en el espacio. Son muchas. Son millones. Yo no puedo abarcarlas entre la nebulosa que refleja mi sueño pero sé que una es mía. Sé que me pertenece. Siempre la misma forma, siempre el mismo fulgor. Yo también floto y siento detenido ante ella que debo conocer lo que hay en sus entrañas. Luego extiendo la mano. Es simple. No hay problemas. Me acerco hasta tocarla y noto que mis dedos la atraviesan despacio, suavemente, sin prisas. Hay un leve temblor y hay una percepción de sereno placer al penetrar su luz que es como un magma frío.
Solo entonces despierto una noche tras otra. Sudoroso, agotado.
Liberado del sueño vuelvo a un mundo de olores, de sirenas lejanas que anuncian el desastre y acaban apagándose, casi siempre, por fin, de gritos en la noche.
No es una pesadilla. Sé que toca vivir.
Tercamente respiro. En la semipenumbra suena el despertador.
Vuelvo a empezar de nuevo.
(II)
Hoy sucedió otra cosa.
Soñé.
Toqué la esfera y también sentí el frío.
Pero al abrir los ojos desperté en su interior.
Hubo un sonido extraño. Pensé que alguien me hablaba susurrante al oído. Luego entendí el error y así me supe solo dentro de esta prisión circular y absoluta que no tiene salidas ni puede ser forzada.
Ya no pude engañarme.
Aquí todo es distinto de cuanto recordaba. Las reglas han cambiado.
Dentro de esta prisión mi corazón no late. No existe el movimiento.
En este espacio etéreo, circular y perfecto, la quietud es mi vida.
Hay un hoy infinito en un tiempo abolido.
Y a veces, en silencio, sumido en el infierno añoro los momentos de inconsciencia y esfuerzo que componían mi mundo e intento recordarlos, y no quiero perderlos.
Y espero que alguien llegue para hablarle al oído y así empezar de nuevo.
Desde mi inconsistencia se me ocurre avisarte: si te sientes cansado y te agota vivir, cuidado con tus sueños.
¿Hay una esfera en ellos?
(III)
Recuerdos, sensaciones, imágenes que vuelan, suaves amaneceres y tristes despedidas.
Eso es lo que me queda.
Se me borra mi vida. Mi pasado se aleja y en el tiempo sin tiempo en que gravito ahora, sin comprender la causa, empiezo a comprender.
He acabado la búsqueda. No hay que viajar tan lejos para llegar al fin. Las soluciones andan siguiendo nuestros pasos. Nos persiguen calladas y nos alcanzan siempre, incluso a pesar nuestro, aunque no lo queramos.
Imagínate un río, caudaloso y extenso, sereno, casi océano, y en él, en sus orillas de remansos profundos y árboles gigantescos que dominan las bestias imagínate un mundo de mínimas esferas. Mínimos embriones reunidos en racimos, adheridos y quietos, unidos frente a todo como larvas cautivas, como huevos anfibios que flotan en el agua dejándose llevar.
Abandonados. Solos.
Esclavos de su suerte.
Quizá este ahora es mi infierno.
Quizá solo sea el paso que debo dar ahora.
Mi solución. Mi sino. Mi próxima parada.
Quizá ellos acertaron y renaceré rana.
Autor: Francisco Cañabate Reche
(I)
Hay algunas teorías que tratan de explicarnos el porqué de la vida. Diferentes recetas. Soluciones distintas para un problema único. Durante largos años, igual que muchos otros que vinieron conmigo, yo recorrí el camino tratando de buscar las respuestas ocultas a ese único problema y profundicé en ellas. Y persiguiendo sombras que nunca he alcanzado pude ver muchas cosas que no podría contaros. No todo fue pasión, ni belleza, ni risa. Sé que en algún momento ocurrió la maldad. Entonces no era claro, a veces no lo supe, ahora, desde el recuerdo, no me siento orgulloso de alguno de mis actos. Lo reconozco, es cierto. Hay actos que me pesan pero no he de quejarme. Si esa es una virtud, cuando fue necesario también fui generoso. Viajé, viví la vida, sentí en cada segundo lo que debía sentirse y aún tengo las alforjas llenas de sensaciones. Pero ha pasado el tiempo. Sin que me diera cuenta se consumió mi ciclo y hoy me encuentro cansado. Tras de tanto trabajo y tanto despilfarro, esa simple premisa es la única certeza que queda de mi búsqueda:
Todo requiere esfuerzo. Nada es fácil ni simple. Incluso respirar es un esfuerzo intenso, complejo, definido, circular y profundo que asume nuestro cuerpo de manera automática, sin que nos demos cuenta.
Y latir.
Y sentir.
Todo, cualquier detalle - la sonrisa serena, la mirada o el gesto, la charla demorada, la emoción contenida que produce un encuentro que habíamos esperado durante mucho tiempo, la desgana o la rabia, el cansancio profundo que me domina ahora, el pudor, la amistad, la ira desdibujada, mucho más el amor- cualquier acto concreto o cualquier sentimiento nos impone un esfuerzo casi desesperado hasta hacerse presente, y brotar, y acabarse, que agota nuestras fuerzas.
Y yo deseo la calma.
La absoluta quietud. La inmovilidad pétrea de la mole granítica, la transparencia leve de la nube que pasa en ese punto exacto en el que se detiene porque el viento ha cesado, la luna reflejada en aquel charco nuevo que ha formado la lluvia en medio del camino, la soledad del mar cuando olvida las olas y aparece sereno, extenso, inabarcable.
Deseo ser la simpleza. La vuelta, la parada.
Hastiado de esa vida agitada y absurda que llevé tanto tiempo y me comprime ahora deseo morir un poco para volver a ser.
Por eso, por las noches, agotado, sediento de todas esas cosas que comprendo que faltan, cierro los ojos, duermo.
Y a veces también sueño.
Repetida en mis sueños imagino una esfera gigantesca y brillante que flota suspendida frente a mí en el espacio. Son muchas. Son millones. Yo no puedo abarcarlas entre la nebulosa que refleja mi sueño pero sé que una es mía. Sé que me pertenece. Siempre la misma forma, siempre el mismo fulgor. Yo también floto y siento detenido ante ella que debo conocer lo que hay en sus entrañas. Luego extiendo la mano. Es simple. No hay problemas. Me acerco hasta tocarla y noto que mis dedos la atraviesan despacio, suavemente, sin prisas. Hay un leve temblor y hay una percepción de sereno placer al penetrar su luz que es como un magma frío.
Solo entonces despierto una noche tras otra. Sudoroso, agotado.
Liberado del sueño vuelvo a un mundo de olores, de sirenas lejanas que anuncian el desastre y acaban apagándose, casi siempre, por fin, de gritos en la noche.
No es una pesadilla. Sé que toca vivir.
Tercamente respiro. En la semipenumbra suena el despertador.
Vuelvo a empezar de nuevo.
(II)
Hoy sucedió otra cosa.
Soñé.
Toqué la esfera y también sentí el frío.
Pero al abrir los ojos desperté en su interior.
Hubo un sonido extraño. Pensé que alguien me hablaba susurrante al oído. Luego entendí el error y así me supe solo dentro de esta prisión circular y absoluta que no tiene salidas ni puede ser forzada.
Ya no pude engañarme.
Aquí todo es distinto de cuanto recordaba. Las reglas han cambiado.
Dentro de esta prisión mi corazón no late. No existe el movimiento.
En este espacio etéreo, circular y perfecto, la quietud es mi vida.
Hay un hoy infinito en un tiempo abolido.
Y a veces, en silencio, sumido en el infierno añoro los momentos de inconsciencia y esfuerzo que componían mi mundo e intento recordarlos, y no quiero perderlos.
Y espero que alguien llegue para hablarle al oído y así empezar de nuevo.
Desde mi inconsistencia se me ocurre avisarte: si te sientes cansado y te agota vivir, cuidado con tus sueños.
¿Hay una esfera en ellos?
(III)
Recuerdos, sensaciones, imágenes que vuelan, suaves amaneceres y tristes despedidas.
Eso es lo que me queda.
Se me borra mi vida. Mi pasado se aleja y en el tiempo sin tiempo en que gravito ahora, sin comprender la causa, empiezo a comprender.
He acabado la búsqueda. No hay que viajar tan lejos para llegar al fin. Las soluciones andan siguiendo nuestros pasos. Nos persiguen calladas y nos alcanzan siempre, incluso a pesar nuestro, aunque no lo queramos.
Imagínate un río, caudaloso y extenso, sereno, casi océano, y en él, en sus orillas de remansos profundos y árboles gigantescos que dominan las bestias imagínate un mundo de mínimas esferas. Mínimos embriones reunidos en racimos, adheridos y quietos, unidos frente a todo como larvas cautivas, como huevos anfibios que flotan en el agua dejándose llevar.
Abandonados. Solos.
Esclavos de su suerte.
Quizá este ahora es mi infierno.
Quizá solo sea el paso que debo dar ahora.
Mi solución. Mi sino. Mi próxima parada.
Quizá ellos acertaron y renaceré rana.
Autor: Francisco Cañabate Reche
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