
POR UNA SONRISA
(Relato del próximo libro de V.Bolivar "Casi siempre brilla el sol" )
Aquella mujer me mira y me sonríe: debe de estar confundida.
Me está observando en la barra de esta cafetería como sólo lo han hecho dos personas en mi vida: mi primera novia y la maestra que me explicaba el catecismo en la escuela. Las dos, hace muchos años, en un siglo que, apenas doblado, remoto me resulta.
La de esta tarde, ésta que se mece los cabellos, quiere decirme algo. Lo sé y no voy a esperar a que se marche. ¿Qué tal si le indico al camarero que me cargue su consumición? Por unas monedas, tal vez reciba otra vez su cándida mirada y su sonrisa. Y quizá se aproxime para darme las gracias... O me frene en seco, rechazando mi galantería... No lo sé, debería intentarlo; pero este camarero agobiado pasa de mí, me ningunea, como el resto de la gente. Ella, sin embargo persiste en regalarme su sonrisa. Es guapa. Y qué buena está. Me dan ganas de sentarme a su mesa; contarle qué diablo fui y a quién me recuerda... pero temo que se asuste. ¡Qué imagen más triste recibo en este espejo! El camarero, por fin, se cobra mi suizo y mi café. ¿Algo más? Sí, el pacharán... Y lo de aquellas señoritas, por favor.
Al pagar en la barra, he logrado hacerme con un periódico. Volteo sus páginas por las esquinas pringosas, traslúcidas de un aceite de churros o tostadas, salpicadas de azúcar, y estoy moviendo el cuello como si buscase una sección interesante en el diario… Disimulo. Ella otra vez me está mirando. Y yo estoy pensando en ella. Esa mujer me suena: podría ser sobrina de mi primera novia aquella, o, tal vez, hija de la maestra que nos preparaba para recibir la primera comunión, me apostaría algo. (¿Qué más te queda por apostar, Ricardo, que los recuerdos?) Ahora se ha sentado otra chica que se le parece, pero no me mira de igual forma. Las dos están ahí, en la mesa, junto ese perchero inestable de madera, en esta acristalada cafetería empañada de vahos incandescentes, con aroma a torrefacto y a croissant, un poco a fritanga, a tostada embadurnada de manteca, sobrasada, paté y mantequilla. Huele a tarde tediosa de domingo. (Las tardes de mis domingos antes se saldaban entre aromas de tabaco, ron y café. Hoy todas serán clausuradas con olor a cieno. El río ya trae agua.)
El nervudo camarero no me da la vuelta; tal vez, sea un poco telepático y suponga que, adonde voy, ya no me harán falta más monedas. Quizá le haya dado el importe escaso o exacto, no sé. No me acuerdo. No me acabo de acostumbrar al euro. A mí me iba mejor con la otra moneda: yo sabía cómo tintineaban las pesetas sobre esta maleta, distinguía su brillo cuando se arracimaban sobre el rojo fieltro que tapiza la funda de mi guitarra; lo que necesitaba para un café y un bollo suizo a la plancha, no hace tanto... ¿Un año? ¡Dios mío, se me ha hecho eterno! “Compra más acciones, Ricardo, que ahora es el momento”. Mira, que ya he invertido bastante. Y ellos me contestaban: “Pero arriésgate, Ricardo, recupérate, ¡compra más! Ya no puede bajar más su cotización, ya ha tocado fondo; su precio sólo puede remontar...” Y el que ha tocado en lo más hondo he sido yo. La cagaste y bien cagada, Ricardito. ¡Endemoniada bolsa, traicionera!
¿Marisa?: Hace tiempo, me dejó. Las cosas no iban bien entre nosotros. La ruina colmó su tolerancia con mis noches de bohemia. Donde falta la harina, todo es mohína. No fue buena idea –ahora me pesa- comprometer nuestros bienes: la casa, el piso de la playa, todo nuestro patrimonio para avalar un préstamo maldito, causante de mi desesperación, de mi divorcio. Cuando el dinero sale por la puerta, el amor se va por la ventana ¿…O era al revés?
Deambulo por esta ciudad que me resulta inmensa; perdido entre sus calles, paso hambre y frío por el embovedado donde la gente, hoy al menos, ha compensado mi esfuerzo. Es como si supieran que es mi última merienda.
Esas dos mujeres se muestran felices, y quizá lo sean. Gesticulan como niñas a la hora del recreo. Una le muestra a la otra un regalo recién desembalado de un envoltorio navideño; parece una alhaja, una pulsera. Será porque ayer fue Nochebuena, eso sí lo recuerdo. ¡Ea!, no quiero seguir espiando para no incomodarlas; pero pienso en ellas aunque no la enfoquen mis ojos desahuciados. Como si se tratara de un video, rebobino esa dulcísima sonrisa en mi cabeza…
¡Ya caigo de qué conozco a esta mujer!: Es una camarera del comedor de transeúntes, una mujer voluntaria de la Beneficencia; la que ayer me sirvió dos tazones de sopa sevillana de pescado, con almejas, mejillones, rape, merluza y gambas. Y mayonesa. ¡Qué rica! Y crujientes cuscurrones. ¡La que me ofreció berenjenas rebozadas cuando le dije “gracias, pero prefiero pavo”! Ella tuvo que ser, estoy seguro, la que guardó un puñado de alfajores almendrados en el hondo bolsillo de mi gabán mugriento; la que me cedió este jersey naranja que hoy llevo puesto. (Por eso, me habrá reconocido.) Ella resulta todavía más guapa sin la bata azul y el mandil impoluto de las empleadas que dan comida y calor: La Casa del Transeúnte. Ahora me está mirando, ya lo creo, como lo hacía mi primera novia: esa que me alimentaba con besos indecisos en los arriates de la plaza de mi pueblo; o como mi maestra, la que me curó con mercromina, me limpió los mocos y enjugó mi llanto sobre su pecho hermoso y magistral; la que me alimentaba en los recreos con su océano de leche hervida y atolones de nata y esponjosas magdalenas, como islas montañosas recién horneadas...
…Se disponen las mujeres a salir del bar. La que me ha cautivado envuelve su cuerpo de voluntaria dama con un abrigo azul turquesa y esmeralda. (Puede que esta tarde nieve, lo he oído en la radio.) ¡No te vayas, bella dama…! Yo quisiera detenerla, hablarle a través de mi guitarra, o entonarle mi canción sin pedirle a nada cambio, decirle que la quiero, antes de que sea mañana... ¡De nuevo me ha mirado, me ha vuelto a sonreír! Estira las risueñas comisuras de su concesiva boca: así me abre las puertas de la esperanza. Y parece no importarle mi apariencia: el abrigo raído, mi pantalón gastado, mis zapatos viejos y embarrados; y mi barba.
Es Navidad ¿…Es Navidad? ¡Ella me ha dicho Feliz Navidad…!
Sólo porque ella me ha sonreído, yo no debería claudicar. La noticia de “otro mendigo hallado muerto en el río” no traslucirá mañana en este diario, junto a otra dactilar huella aceitosa de churros o tostadas (tengo hambre atrasada, madre mía) en un margen de sucesos funerarios.
Por esa sonrisa ablandadora de mi pena, porque dicen que el sol casi siempre brilla en algún lado, por unos ojos que me animan a empezar de nuevo, hoy vuelvo a templar mi guitarra, al abrigo del viento, junto a esta farola. Por donde ella sonriente pasa.
Víctor Bolívar Galiano. Casi siempre brilla el sol ©
(Relato del próximo libro de V.Bolivar "Casi siempre brilla el sol" )
Aquella mujer me mira y me sonríe: debe de estar confundida.
Me está observando en la barra de esta cafetería como sólo lo han hecho dos personas en mi vida: mi primera novia y la maestra que me explicaba el catecismo en la escuela. Las dos, hace muchos años, en un siglo que, apenas doblado, remoto me resulta.
La de esta tarde, ésta que se mece los cabellos, quiere decirme algo. Lo sé y no voy a esperar a que se marche. ¿Qué tal si le indico al camarero que me cargue su consumición? Por unas monedas, tal vez reciba otra vez su cándida mirada y su sonrisa. Y quizá se aproxime para darme las gracias... O me frene en seco, rechazando mi galantería... No lo sé, debería intentarlo; pero este camarero agobiado pasa de mí, me ningunea, como el resto de la gente. Ella, sin embargo persiste en regalarme su sonrisa. Es guapa. Y qué buena está. Me dan ganas de sentarme a su mesa; contarle qué diablo fui y a quién me recuerda... pero temo que se asuste. ¡Qué imagen más triste recibo en este espejo! El camarero, por fin, se cobra mi suizo y mi café. ¿Algo más? Sí, el pacharán... Y lo de aquellas señoritas, por favor.
Al pagar en la barra, he logrado hacerme con un periódico. Volteo sus páginas por las esquinas pringosas, traslúcidas de un aceite de churros o tostadas, salpicadas de azúcar, y estoy moviendo el cuello como si buscase una sección interesante en el diario… Disimulo. Ella otra vez me está mirando. Y yo estoy pensando en ella. Esa mujer me suena: podría ser sobrina de mi primera novia aquella, o, tal vez, hija de la maestra que nos preparaba para recibir la primera comunión, me apostaría algo. (¿Qué más te queda por apostar, Ricardo, que los recuerdos?) Ahora se ha sentado otra chica que se le parece, pero no me mira de igual forma. Las dos están ahí, en la mesa, junto ese perchero inestable de madera, en esta acristalada cafetería empañada de vahos incandescentes, con aroma a torrefacto y a croissant, un poco a fritanga, a tostada embadurnada de manteca, sobrasada, paté y mantequilla. Huele a tarde tediosa de domingo. (Las tardes de mis domingos antes se saldaban entre aromas de tabaco, ron y café. Hoy todas serán clausuradas con olor a cieno. El río ya trae agua.)
El nervudo camarero no me da la vuelta; tal vez, sea un poco telepático y suponga que, adonde voy, ya no me harán falta más monedas. Quizá le haya dado el importe escaso o exacto, no sé. No me acuerdo. No me acabo de acostumbrar al euro. A mí me iba mejor con la otra moneda: yo sabía cómo tintineaban las pesetas sobre esta maleta, distinguía su brillo cuando se arracimaban sobre el rojo fieltro que tapiza la funda de mi guitarra; lo que necesitaba para un café y un bollo suizo a la plancha, no hace tanto... ¿Un año? ¡Dios mío, se me ha hecho eterno! “Compra más acciones, Ricardo, que ahora es el momento”. Mira, que ya he invertido bastante. Y ellos me contestaban: “Pero arriésgate, Ricardo, recupérate, ¡compra más! Ya no puede bajar más su cotización, ya ha tocado fondo; su precio sólo puede remontar...” Y el que ha tocado en lo más hondo he sido yo. La cagaste y bien cagada, Ricardito. ¡Endemoniada bolsa, traicionera!
¿Marisa?: Hace tiempo, me dejó. Las cosas no iban bien entre nosotros. La ruina colmó su tolerancia con mis noches de bohemia. Donde falta la harina, todo es mohína. No fue buena idea –ahora me pesa- comprometer nuestros bienes: la casa, el piso de la playa, todo nuestro patrimonio para avalar un préstamo maldito, causante de mi desesperación, de mi divorcio. Cuando el dinero sale por la puerta, el amor se va por la ventana ¿…O era al revés?
Deambulo por esta ciudad que me resulta inmensa; perdido entre sus calles, paso hambre y frío por el embovedado donde la gente, hoy al menos, ha compensado mi esfuerzo. Es como si supieran que es mi última merienda.
Esas dos mujeres se muestran felices, y quizá lo sean. Gesticulan como niñas a la hora del recreo. Una le muestra a la otra un regalo recién desembalado de un envoltorio navideño; parece una alhaja, una pulsera. Será porque ayer fue Nochebuena, eso sí lo recuerdo. ¡Ea!, no quiero seguir espiando para no incomodarlas; pero pienso en ellas aunque no la enfoquen mis ojos desahuciados. Como si se tratara de un video, rebobino esa dulcísima sonrisa en mi cabeza…
¡Ya caigo de qué conozco a esta mujer!: Es una camarera del comedor de transeúntes, una mujer voluntaria de la Beneficencia; la que ayer me sirvió dos tazones de sopa sevillana de pescado, con almejas, mejillones, rape, merluza y gambas. Y mayonesa. ¡Qué rica! Y crujientes cuscurrones. ¡La que me ofreció berenjenas rebozadas cuando le dije “gracias, pero prefiero pavo”! Ella tuvo que ser, estoy seguro, la que guardó un puñado de alfajores almendrados en el hondo bolsillo de mi gabán mugriento; la que me cedió este jersey naranja que hoy llevo puesto. (Por eso, me habrá reconocido.) Ella resulta todavía más guapa sin la bata azul y el mandil impoluto de las empleadas que dan comida y calor: La Casa del Transeúnte. Ahora me está mirando, ya lo creo, como lo hacía mi primera novia: esa que me alimentaba con besos indecisos en los arriates de la plaza de mi pueblo; o como mi maestra, la que me curó con mercromina, me limpió los mocos y enjugó mi llanto sobre su pecho hermoso y magistral; la que me alimentaba en los recreos con su océano de leche hervida y atolones de nata y esponjosas magdalenas, como islas montañosas recién horneadas...
…Se disponen las mujeres a salir del bar. La que me ha cautivado envuelve su cuerpo de voluntaria dama con un abrigo azul turquesa y esmeralda. (Puede que esta tarde nieve, lo he oído en la radio.) ¡No te vayas, bella dama…! Yo quisiera detenerla, hablarle a través de mi guitarra, o entonarle mi canción sin pedirle a nada cambio, decirle que la quiero, antes de que sea mañana... ¡De nuevo me ha mirado, me ha vuelto a sonreír! Estira las risueñas comisuras de su concesiva boca: así me abre las puertas de la esperanza. Y parece no importarle mi apariencia: el abrigo raído, mi pantalón gastado, mis zapatos viejos y embarrados; y mi barba.
Es Navidad ¿…Es Navidad? ¡Ella me ha dicho Feliz Navidad…!
Sólo porque ella me ha sonreído, yo no debería claudicar. La noticia de “otro mendigo hallado muerto en el río” no traslucirá mañana en este diario, junto a otra dactilar huella aceitosa de churros o tostadas (tengo hambre atrasada, madre mía) en un margen de sucesos funerarios.
Por esa sonrisa ablandadora de mi pena, porque dicen que el sol casi siempre brilla en algún lado, por unos ojos que me animan a empezar de nuevo, hoy vuelvo a templar mi guitarra, al abrigo del viento, junto a esta farola. Por donde ella sonriente pasa.
Víctor Bolívar Galiano. Casi siempre brilla el sol ©