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viernes, 30 de marzo de 2007

EL JAPONES Y DON NICANOR (elmara)




A mis hijos y sobrinos en recuerdo de su abuelo que tanto disfrutó y mamó de su viejo Madrid.

EL JAPONES Y DON NICANOR

Le ví una fría y luminosa mañana de Diciembre al resguardo de unos de los viejos soportales de la Plaza Mayor de Madrid.
De pie y desafiante, estaba el curtido vendedor haciendo sonar “España Cañí”, con su Nicanor, que para los que no lo sepan, les diré, que es un pequeño tamborilero de cartón al que le cuelga un cordel con el que acciona sus brazos para golpear el tamborcito y un simple pito de feria en la espalda. Soplando este pito y accionando el cordel, de la boca de su dueño salían viejos pasodobles y melodías de la España pobre de la posguerra. Tirorírorí, tirorírorí, pom, pom; dicho soniquete retumbaba por los soportales y las esquinas, dominando el bullicio callejero y llamando la atención de niños y mayores que, curiosos, se acercaban a escuchar y ¡como no! A comprar el portentoso juguete por un módico precio.

* * *

Como yo y muchos que contemplaban atónitos el espectáculo, se encontraba un japonés, con cámara de fotos por bandolera y sonrisa estreñida, comprando con ilusión su Nicanor; Pero cual sería su sorpresa, cuando al soplar el pito comprobó que no sacaba más que un sonido monocorde que ni siquiera era un Do ni un Fa, ni nada parecido, sino más bien el aullido estridente de un vulgar matasuegras. Insistió varias veces con el tesón que caracteriza a su pueblo, soplando y tirando del cordel hasta que se puso, si cabe, más amarillo del esfuerzo. Su gesto risueño se fué transformando visiblemente en una mezcla de frustración y profundo cabreo. ¡Él, Yutaka Yokomoto!, que partiendo de la nada había creado, remontado y fusionado la más moderna fábrica de circuitos electrónicos de su país, se sentía humillado y porque no decirlo, estafado, por aquel artilugio y su promotor. Indignado le reclamó a éste mil veces que no funcionaba, pero como única respuesta el viejo y sabio vendedor le obsequiaba con una nueva demostración musical, esta vez de pasodoble torero, a la que el nipón observaba atentamente intentando hallar el truco. Por fín, resignado ante su absoluta inutilidad y tragándose su orgullo oriental de Samuray de la electrónica, se rindió ante la evidencia y preguntó:
Pol favol, ¿Cómo funcional Nicanor?

Mire "usté" Mister- le respondió el castizo, eso es un secreto de familia, aunque Dios me guarde de querer yo dar mala imagen de mi país, ¡¡¡y más como están los tiempos!!!, además, como creo yo que "usté" no se va a enterar de "ná", haré una excepción y se lo explicaré:

Pues verá, antes de "tó", es fundamental haber "nacío" en Madrid, pero "cuidao", no en el Madrid del extrarradio y la modernez, sino el que empieza de aquí "pa" bajo, entre Sol y la Ribera de Curtidores, vamos, en el Foro, y por supuesto es necesario haber "paseao" más de una vez este cuerpo serrano por la Glorieta de Embajadores y "cambiao" cromos en el Rastro, tomarse un tinto en Lavapiés y mejillones en Tirso de Molina, andar por la Latina y su "mercao" haber visto cientos de "pelis" en el Odeón o en el Progreso, plantarse en La Plaza Benavente "pa" venerar el Calderon como si fuera una Catedral de esas, a las que nunca se entra, comer los miércoles cocido, callos los domingo y lombarda en Nochebuena, acudir los lunes a San Nicolás, que aunque mi barrio sea la Gloria, no está de más una ayuda de arriba; y "naturaca de la petaca", haber "sentío" estas calles como tu propia piel, haberlas "pintao" con tiza en tu infancia, "pa" jugar a las tres en raya o a la comba, hacer correr por ellas el aro, poseer un tesoro de canicas en los bolsillos, quedar con la novia en Sol "pa" comerse sus ojos con los pasteles de la Mallorquina y comprarse la suerte en Doña Manolita y figuritas de Belén, zambombas, panderos y árbol de Navidad "regateao" en esta misma plaza, donde un servidor, Niceto Quintanilla Llopis y otras hierbas, "pa" servir a Dios y a "usté" se revienta los pulmones "pa" poder comer, y que gracias a que reúno todas estas cualidades que le he referido, con sólo soplar, Don Nicanor transforma el aire de mi boca en alegres y chulescas melodías. ¡Qué "quié" que le diga! esto funciona asi….

Y dicho esto prosiguió Don Niceto su labor, esta vez al compás de “Francisco Alegre y Olé”, alegrando el ambiente navideño de la Plaza.

Yutaka Yokomoto no era un oriental simple, había mamado desde pequeño las tradiciones de su pueblo, las había querido y disfrutado y también las había olvidado engullido por la Revolución Industrial de su país; pero aquel viejo vendedor le había pellizcado el alma, haciéndoselas sentir de nuevo. No, no era un hombre vulgar este Yokomoto, por eso se fue lanzado con su Nicanor por las viejas calles de Madrid, olvidando familia, cámara y hasta de pagar. Se fue corriendo a buscar novia por Lavapiés, con la que tendría un hijo al que daría de mamar bambas de nata y destetaría con churros y le regalaría canicas y tabas por su cumpleaños, y le enseñaría a distinguir el perfume de las tascas y de su vino, vivirían en un humilde piso de la calle Salitre, comerían todos los días “bocata calamares, oiga”, y cuando hubiera aspirado, por todos los poros de su piel el gran secreto que le reveló Quintanilla, entonces, sólo entonces, junto al sable de Samuray de su tatarabuelo, le entregaría solemne a Don Nicanor y su tambor; el cual al ponérselo entre sus labios y con sólo soplar, fluiría la más hermosa de las melodías.
Sí, será su hijo, Niceto Yokomoto le llamará, en honor al Gran Maestro. Algún día, él, sus hijos y los hijos de sus hijos, serán expertos en el uso de Don Nicanor y volverán a su país con una nueva filosofía colgada de su boca, donde los copiarán y multicopiarán exactamente igual, y será tal el éxito, que todo el mundo ansioso por conocer el gran secreto, cambiarán sus multinacionales de tecnología punta por comprar la patente; y se hundirá el mercado de los ordenadores, las impresoras, los chips, los videojuegos, y una nueva fuerza hará girar el planeta. como si de un gran chotis se tratara, bailado sobre un inmenso ladrillo espacial..

* * *

Por eso, en las frías mañanas Madrileñas de Diciembre no se asombre el ciudadano de a pie, si observa miles de ojos rasgados e inquietos que alzan sus orejas al viento, merodeando por debajo de la estatua de Esparteros, comprando sombreros sin ton ni son en “Yustas”, o tomando con vehemencia vermuts por los bares de “Postas” mientras, como disimulando, lo fotografían todo, buscando con pasión la leyenda de un rico industrial de su país, que cambió su fortuna y bienestar para huir al pie de Fujiyama, en donde dicen, se disolvió sobre la nieve con un pequeño juguete de cartón entre sus manos, y en donde también, aseguran los excursionistas que acampan en la zona, algunas noches de radiantes estrellas se escucha un mágico soniquete que alivia sus almas del dolor. Tirorirorí, tiroriroró, pom, pom, pom….

jueves, 22 de marzo de 2007

LA CRISIS ( elmara)

LA CRISIS

Durante el largo tiempo que estuve de viaje, descubrí sensaciones difíciles de olvidar: las montañas color rojo intenso, el amarillo del océano, el verde pálido de la carretera, las suaves ondulaciones que el viento produce en el pelo azul de la gente. Como olvidar los pueblos fucsias de la bella Andalucía y el gris marengo en la piel de sus habitantes.
En uno de mis frecuentes viajes te conocí y de inmediato me enamoré de tus ojos; hoy nuestros hijos son fieles herederos de la profundidad amarilla de tus pupilas y del violáceo de tu piel.
Todo transcurría en armonía y felicidad sin más problemas que los que tienen la mayoría de los seres humanos. Nuestra vida era de un perfecto color negro.
Hoy todo ha cambiado, comenzó aquel fatídico día en que empezaron a alejarse de mis ojos, las azules páginas, las blancas palabras que ilustran los libros y después de toda una vida sin una revisión médica y empujado por las ansias del conocimiento, la necesidad me llevó a descubrir la terrible verdad, mi verdad: soy daltónico ¡¡daltónico!! Me dijo…Y lloré amargamente sobre la negra bata del facultativo. Tiene solución, se puede operar y de hecho lo hice y eso aumentó mi tragedia, nada fue lo mismo desde entonces, todo lo que conocía, de lo que me enamoré profundamente, era distinto, la genética me había engañado, la vida no era lo que yo creía, estaba todo alterado, dramáticamente cambiado, además, el que utilizó el pincel y la paleta había tenido un pésimo gusto.
* * *
He abandonado mi hogar, la ciudad donde vivía, me he divorciado, no me hablo con mis hijos (me parecen dos extraterrestres) he dejado de viajar, el azul de mar y del cielo me resulta repetitivo, agobiante.
Procuro no salir a la calle si no es indispensable, paso todo el tiempo que puedo durmiendo para conectarme con mi antigua realidad a través de los sueños, es lo único que aún perdura de mi pasado. Sueño con mis viejos colores, pues todos mis recuerdos así están configurados, entonces, solo entonces me siento vivo, pero no sé cuanto tiempo me queda, últimamente entre ellos se intercalan visiones de mi nueva y desconcertante vida, me despierto inquieto y sudoroso a un mundo que es la continuación de una pesadilla que se promete eterna, quiero seguir durmiendo, a veces me ayudo de pastillas, pero cada día mi cerebro se olvida sistemáticamente de varios de mi antiguos y bellos recuerdos sustituyendolos,por otros a los que llaman realidad.
* * *
Vivo en esta crisis, instalado, conectado con una verdad que no es la que estaba programada en mi cerebro y en la que me sentía feliz; pero ahora, dicen los médicos que soy normal, igual que todo el mundo, y eso, según ellos es lo que me tiene sumergido en esta profunda oscuridad….



Autor:
Elmara
Febrero 2001

sábado, 17 de marzo de 2007

LA QUIETUD DE LAS RANAS ( INVITADO)



LA QUIETUD DE LAS RANAS


(Fco. Cañabate, es autor entre otros, del libro de relatos: El Grito y la novela, La sonrisa secreta de la luna)


(I)


Hay algunas teorías que tratan de explicarnos el porqué de la vida. Diferentes recetas. Soluciones distintas para un problema único. Durante largos años, igual que muchos otros que vinieron conmigo, yo recorrí el camino tratando de buscar las respuestas ocultas a ese único problema y profundicé en ellas. Y persiguiendo sombras que nunca he alcanzado pude ver muchas cosas que no podría contaros. No todo fue pasión, ni belleza, ni risa. Sé que en algún momento ocurrió la maldad. Entonces no era claro, a veces no lo supe, ahora, desde el recuerdo, no me siento orgulloso de alguno de mis actos. Lo reconozco, es cierto. Hay actos que me pesan pero no he de quejarme. Si esa es una virtud, cuando fue necesario también fui generoso. Viajé, viví la vida, sentí en cada segundo lo que debía sentirse y aún tengo las alforjas llenas de sensaciones. Pero ha pasado el tiempo. Sin que me diera cuenta se consumió mi ciclo y hoy me encuentro cansado. Tras de tanto trabajo y tanto despilfarro, esa simple premisa es la única certeza que queda de mi búsqueda:
Todo requiere esfuerzo. Nada es fácil ni simple. Incluso respirar es un esfuerzo intenso, complejo, definido, circular y profundo que asume nuestro cuerpo de manera automática, sin que nos demos cuenta.
Y latir.
Y sentir.
Todo, cualquier detalle - la sonrisa serena, la mirada o el gesto, la charla demorada, la emoción contenida que produce un encuentro que habíamos esperado durante mucho tiempo, la desgana o la rabia, el cansancio profundo que me domina ahora, el pudor, la amistad, la ira desdibujada, mucho más el amor- cualquier acto concreto o cualquier sentimiento nos impone un esfuerzo casi desesperado hasta hacerse presente, y brotar, y acabarse, que agota nuestras fuerzas.
Y yo deseo la calma.
La absoluta quietud. La inmovilidad pétrea de la mole granítica, la transparencia leve de la nube que pasa en ese punto exacto en el que se detiene porque el viento ha cesado, la luna reflejada en aquel charco nuevo que ha formado la lluvia en medio del camino, la soledad del mar cuando olvida las olas y aparece sereno, extenso, inabarcable.
Deseo ser la simpleza. La vuelta, la parada.
Hastiado de esa vida agitada y absurda que llevé tanto tiempo y me comprime ahora deseo morir un poco para volver a ser.
Por eso, por las noches, agotado, sediento de todas esas cosas que comprendo que faltan, cierro los ojos, duermo.
Y a veces también sueño.
Repetida en mis sueños imagino una esfera gigantesca y brillante que flota suspendida frente a mí en el espacio. Son muchas. Son millones. Yo no puedo abarcarlas entre la nebulosa que refleja mi sueño pero sé que una es mía. Sé que me pertenece. Siempre la misma forma, siempre el mismo fulgor. Yo también floto y siento detenido ante ella que debo conocer lo que hay en sus entrañas. Luego extiendo la mano. Es simple. No hay problemas. Me acerco hasta tocarla y noto que mis dedos la atraviesan despacio, suavemente, sin prisas. Hay un leve temblor y hay una percepción de sereno placer al penetrar su luz que es como un magma frío.
Solo entonces despierto una noche tras otra. Sudoroso, agotado.
Liberado del sueño vuelvo a un mundo de olores, de sirenas lejanas que anuncian el desastre y acaban apagándose, casi siempre, por fin, de gritos en la noche.
No es una pesadilla. Sé que toca vivir.
Tercamente respiro. En la semipenumbra suena el despertador.
Vuelvo a empezar de nuevo.


(II)


Hoy sucedió otra cosa.
Soñé.
Toqué la esfera y también sentí el frío.
Pero al abrir los ojos desperté en su interior.
Hubo un sonido extraño. Pensé que alguien me hablaba susurrante al oído. Luego entendí el error y así me supe solo dentro de esta prisión circular y absoluta que no tiene salidas ni puede ser forzada.
Ya no pude engañarme.
Aquí todo es distinto de cuanto recordaba. Las reglas han cambiado.
Dentro de esta prisión mi corazón no late. No existe el movimiento.
En este espacio etéreo, circular y perfecto, la quietud es mi vida.
Hay un hoy infinito en un tiempo abolido.
Y a veces, en silencio, sumido en el infierno añoro los momentos de inconsciencia y esfuerzo que componían mi mundo e intento recordarlos, y no quiero perderlos.
Y espero que alguien llegue para hablarle al oído y así empezar de nuevo.

Desde mi inconsistencia se me ocurre avisarte: si te sientes cansado y te agota vivir, cuidado con tus sueños.
¿Hay una esfera en ellos?


(III)


Recuerdos, sensaciones, imágenes que vuelan, suaves amaneceres y tristes despedidas.
Eso es lo que me queda.
Se me borra mi vida. Mi pasado se aleja y en el tiempo sin tiempo en que gravito ahora, sin comprender la causa, empiezo a comprender.
He acabado la búsqueda. No hay que viajar tan lejos para llegar al fin. Las soluciones andan siguiendo nuestros pasos. Nos persiguen calladas y nos alcanzan siempre, incluso a pesar nuestro, aunque no lo queramos.
Imagínate un río, caudaloso y extenso, sereno, casi océano, y en él, en sus orillas de remansos profundos y árboles gigantescos que dominan las bestias imagínate un mundo de mínimas esferas. Mínimos embriones reunidos en racimos, adheridos y quietos, unidos frente a todo como larvas cautivas, como huevos anfibios que flotan en el agua dejándose llevar.
Abandonados. Solos.
Esclavos de su suerte.
Quizá este ahora es mi infierno.
Quizá solo sea el paso que debo dar ahora.
Mi solución. Mi sino. Mi próxima parada.
Quizá ellos acertaron y renaceré rana.


Autor: Francisco Cañabate Reche

viernes, 9 de marzo de 2007

LOS ANGELES DE MI NIÑEZ ( INVITADO)


LOS ANGELES DE MI NIÑEZ


Momentos mágicos de un niño; el lugar, bien sencillo, la cocina de mi madre, y el marco, la ventana, que me abría a una determinada hora y en verano al mundo de los ángeles. Para mí esos días, ahora que lo pienso, eran como ángeles. La luz del verano a esa hora, iba suavizándose y adquiría sobre los tejados y torres que estaban a mi vista, colores mágicos.

Era la caída de la tarde, y entre el sonido de las campanas de la iglesia de enfrente, llegaban ellos, con sus cánticos y gritos, casi rozándome con sus alas. Me pasaba mucho tiempo mirándolos, intentando averiguar su fisonomía, pero eran tan rápidos que aunque pasaban algunas veces muy cerca de la ventana, solo podía ver sus alas que les hacían dar giros espectaculares entre las torres y tejados de mi paisaje infantil; los olores que me traían, eran especiales, no, no olía a jazmines, ni a rosas, ni tan siquiera a violetas imperiales, eran aromas más sencillos; ahora lo entiendo, olía a verano; al calor de los tejados que se iban enfriando, a la tierra mojada de una lejana tormenta, a los geranios de las ventanas de mi madre, al patio de vecindad, a las torres, a los pararrayos, al palomar; todo lo percibía mi olfato de niño, mientras esos pequeños seres prodigiosos, tan rápidos que no podía distinguir su cuerpo, casi me rozaban con sus alas la cara. Después poco a poco entre los colores del crepúsculo, iban cogiendo altura hasta verlos perderse en lo más alto como a ángeles buscando a Dios.

¡Vamos hijo aparta de la ventana, que viene tú padre y tengo la cena sin hacer!...........


Muchos años después y viviendo ya en otro sitio, iba paseando por la calle cuando observé un ligero aleteo en el suelo, me acerqué, y vi una pequeña ave aparentemente herida que se tambaleaba arrastrándose torpemente; la cogí entre mis manos sintiendo su cuerpecillo palpitante y calido, sus ojos negros me miraban aterrados; observé su cuerpo. Era frágil y pequeño y solo destacaba de él sus grandes alas alargadas y estrechas como cuchillas, que te hacían comprender que era un ser rapidísimo y ágil en su mundo aéreo; en un principio pensé en dejarlo en el suelo, pero de repente vino a mi memoria de adulto mis recuerdos en la ventana de la cocina de mi madre. ¿Y si este fuera uno de esos ángeles? sin más lo lancé hacía arriba; el ave aleteó un momento y aparentemente sin esfuerzo remontó el vuelo, viéndole perderse en las alturas.

Mientras sonreía recordé mi niñez, y pensé: “los ángeles no pueden vivir en la Tierra, pertenecen al aire, pertenecen a Dios”.



VENCEJO COMUN (Apus apus)
Solo se posa para anidar, duerme en el cielo.



Así como los Ángeles espirituales no tienen sexo, los ángeles de mi niñez a penas tienen pies
(apus apus: sin pies), os animo a estudiar su vida.



Dedicado a mi madre.

Autor: Luis Marañón

Marzo 2007