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miércoles, 2 de enero de 2008

EL CAMBIO ( Elmara)




Había decidido cambiar, empezar el año con otras costumbres, con nuevos hábitos que le concedieran más serenidad de espíritu y paz interior. No todo está en conseguir bienes materiales, eso hacía tiempo que lo había descubierto, pero le costaba prescindir de ellos. De los grandes o pequeños lujos adquiridos con una vida honesta y de los que le gustaba rodearse: “calidad de vida” se justificaba, cada vez que se daba un nuevo capricho. Tampoco tenía un yate, ni un gran chalet en la milla de oro madrileña, ni una amante escondida a quien poner piso. Lo que poseía estaba al alcance de la mayoría de clase media alta y acomodada del país. A su familia no le faltaba de nada, los hijos habían terminado sus carreras universitarias y su futuro estaba encauzado. Su mujer tenía los caprichos resueltos, se llevaban bien. Él era amante de los buenos coches, le gustaba desde siempre vestir buenas prendas y llevar colonias de las caras. Era algo innato en su personalidad, siempre, desde jovencito le había gustado esa vida. Pero tampoco aspiraba a mucho mas, tenia un techo, y le satisfacía el saber que había llegado a él, que ya no necesitaba más: ¿y ahora qué? Se preguntaba en muchas ocasiones. ¿Por qué o de qué este vacío?- Tengo todo o casi todo lo que me he propuesto en la vida.
Ponía música en su radiante BMW 300 y pensaba en voz alta, mientras circulaba al límite de velocidad permitida, ¿qué puedo hacer? A veces, en vez de aceptarse tal como era, se censuraba por no ser más humilde y le embargaba una absurda culpabilidad, como si todo aquello no lo mereciera, como si su vida fuera impostada, usurpada a otros.
Este vacío...duele. Se decía, y prometía buscar solución.

Un nuevo año siempre es excusa para poner el contador a cero y empezar nuevos proyectos que, aunque después no se cumplan, dan la falsa ilusión de que puedes controlar tu vida y poner parches por donde se escapa el aire, ese aire que te falta para poder llenar el vacío, ese que dices que duele.
Empezó a hacer balance y decidió iniciar su cambio con sacrificios en lo que se consideran lujos. Realmente para qué quería un coche tan grande. A parte de lo que costaba su mantenimiento, su mujer y él, con otro más pequeño tenían de sobra. La ropa, el hecho de que no lleve la marca hace que sea mas barata y buscando bien no tiene por qué bajar la calidad. Etc...etc
.
¿Qué quieres para Reyes? Aún no has escrito la carta, le dijo su mujer.
Todavía no lo he decidido, pero estoy en ello, contestaba misterioso. Lo que si quiero, es que no me compres nada sin yo pedírtelo.

El primer día de Enero empezó lluvioso, y le gustaba pasear con ese ambiente melancólico que produce la lluvia. Es un día que todo está cerrado, parece que el mundo se ha perdido en un paréntesis absurdo, que hagas lo que hagas no cuenta, nadie está para juzgarlo, todos duermen o andan dormidos por la calle. A media mañana vio como unos Senegaleses ponían su pequeño tenderete en la acera aprovechando una pausa de la lluvia. Se acercó impulsado por esa manía consumista que últimamente arrastraba y vio entre las falsas marcas algo que le iluminó, una bufanda de rayas negras y grises larga, de las que te la enrollas varias veces en el cuello y el resto aún te llega a la cintura, sin marca. El precio: 1 euro.
¡Ese era el regalo! Eso es lo quería para Reyes, eso y nada más, y eso es lo que pidió a su sorprendida esposa, y lo pidió con tanto ahínco e ilusión como si del último modelo de coche se tratara: ¡Eso y nada más! Por favor. No es una bufanda, es el inicio, ya duele menos el vacío... Eso pidió y eso le trajeron el día 6 y con la esperanza enredada al cuello, salió sonriente a la calle para ir a visitar a sus padres, como tradicionalmente hacía todos los años la mañana de Reyes. Nada de coche, voy en metro. Se acercó a la taquilla, no sin antes preguntar cuánto costaba un trayecto: 1 euro. Hacía años, demasiados, que no cogía el metro, y metido entre la gente, bajando aquellas escaleras infinitas se sintió bien, aunque extraño. Pero era normal, estaba naciendo, renaciendo más bien y los partos duelen. Se retocaba satisfecho la bufanda que a pesar del calor del subterráneo no se aflojó ni un instante. El andén estaba atestado de gente, de niños con juguetes nuevos, de adultos que estrenaban ropa. El estrenaba sueños .Cuando llegó el tren, dejó que entraran primero los demás ¡Antes de entrar dejen salir! Recordó ese lema de sus pasados viajes de la infancia y se metió educadamente el último, casi se encajó en veinte centímetros de hueco, entre la puerta y la espalda de un señor mayor que le miró molesto (quizás se preguntaba, que haces tu aquí, tu no eres de los nuestros) pero sí lo era , lo quería ser; por eso ese viaje, por eso esa bufanda que colgaba excesivamente de su espalda y que no controló cuando se cerraron las puertas quedando atrapada en el exterior, mientras el tren se iba moviendo cada vez más rápido, estrangulándole entre el pánico del apretado pasaje que asistía impotente y sorprendido a la asfixia y muerte de aquel hombre de mediana edad, exitoso, con todo resuelto y que un día decidió cambiar de vida.

Fin.

Elmara
2/01/07